miércoles, 13 de abril de 2011

Jesus, Maria y Joe Cocker...

Siempre me siento en ventanilla. Me gusta mirar altivo lo pequeñas que se ven las cosas desde aquí arriba e imagino como se debe sentir Zeus mientras observa a los malditos mortales desde el Olimpo. A medida que mis pasos me acercan al avión voy menguando hasta cumplir 10 años, y me subo a el como si estuviera subiendo a la montaña rusa mas alta, mas rápida, con mas piruetas y mas trepidante de la feria. Todo a mi alrededor se transforma, todo son luces de colores brillantes y música estridente, los niños corren tirando de sus padres comiendo chucherías y casi puedo lamer en el aire el dulce sabor del algodón de azúcar y manzanas de caramelo.

Me abrocho el cinturón y ya estoy preparado para sentir como el avión  sale disparado  y mi estomago  se pega al respaldo del asiento y tengo que apoyar mi cabeza hacia atrás mientras veo todas las coronillas y todos los moños de todos los que están sentados delante de mi. Entonces el avión despega sus ruedas del suelo con suavidad y ahora es mi estomago el que va hacia abajo mientras el asiento lo empuja hacia arriba y el zumbido del motor ya ha taponado mis oídos.

Miro por la ventana, pero ya ha oscurecido y no se ve nada, solo las luces naranjas de las ciudades como si fueran hormigueros con centrales eléctricas y hormigas con faros antiniebla que se mueven nerviosas por todos esos túneles apenas iluminados. Escucho un poco de música y me aburro, leo pero tengo frióasí que me levanto con la intención de molestar al que esta sentado en el pasillo y cojo mi mochila del portaequipajes. Saco mi Panamá y mi chaqueta, pero ya es tarde, el excesivo frió del aire acondicionado ha irritado mi garganta y toso a cada minuto, y en un radio de tres filas hacia adelante, hacia atrás y hacia el lado, varios pasajeros se giran y me miran con una mezcla de miedo y reproche.

Ahora hay turbulencias, suaves, y se enciende la señal de abrochar el cinturón, pero nadie le hace caso hasta que Zeus le da un meneo al avión y descendemos 10 o 100 metros de golpe, y después del murmullo inicial y de ver como todas esas coronillas y moños se miran unos a otros con sorpresa y pavor, el ruido metálico de las hebillas abrochándose lo recorren como cuando los que están en las gradas de un partido de fútbol hacen la ola. Cierta tranquilidad y un tímido silencio se instalan en el avión, y entonces decido toser para joderles un poco.

24 horas viviendo los aeropuertos aburren mucho, y después de las turbulencias, la música y las paginas de un manifiesto a la exaltación de la vida me doy cuenta de que me estoy meando, la excusa perfecta para volver a molestar al del pasillo otra vez y estirar las piernas. Salgo del baño y una azafata esta haciendo venta ambulante de perfumes y bloquea el pasillo con su carrito y su sonrisa fingida. Se apresura a empujarlo con la mirada perdida casi mirando al techo, como si rezara a un Dios desconocido suplicando que nadie le pida nada, hasta que una entrañable señora con un pañuelo muy feo en la cabeza le pide el catalogo mientras busca algo en su enorme bolso... maldita señora... deberían haberla obligado a facturarlo... y por fin encuentra las gafas...

Me apoyo en la puerta, y ahora soy yo el que reza al Dios desconocido para que haga que el tiempo vaya mas rápido. La puerta que esta frente a mi se abre. Es la puerta del otro baño, y de el sale una muchacha con el pelo negro y rizado, y me mira y luego contempla la escena de la señora, la azafata y el carrito. No se su nombre, ni de donde viene ni a donde va, lo único que se es que su sonrisa me inunda de vida. Comenzamos a hablar, sobre la vida, sobre lo que nos a llevado a ese preciso momento, y cada vez sonríe mas y nos emocionamos, como si fuéramos dos vagabundos hambrientos compartiendo una azada de pan recién hecho. Para todos los demás el mundo estaba lleno de basura, de momentos sin sentido, horrible, de cosas rotas, pero para ella, cada sombra, cada color, cada textura, cada olor, todos ellos contaban una historia, todos ellos merecían ser apreciados, y por un momento pude ver al mundo como lo veía ella. Hablamos de las cosas por hacer, del misterio, de quien elije los pasos de baile con los que danzamos por la vida, de quien nos vuelve locos, nos da latigazos o nos corona con la victoria cuando logramos lo imposible y de reírnos hasta que nos dolieran las costillas, y por un momento parecíamos Sal Paradise y Marylou, conduciendo a toda velocidad hacia Frisco mientras escuchábamos Jazz y no bostezábamos por miedo a aburrir a la vida.


La vendedora ambulante ya no bloqueaba el pasillo, y nos dimos cuenta de que la vida debía continuar. Había que elegir otros pasos de baile, otros aeropuertos, otra banda sonora con la que ambientar al mundo con nuestra presencia, y yo encontré esta:



6 comentarios:

Mónica dijo...

Yo profiero sentarme en el medio. Me da miedo mirarme por la ventana por si me mareo...

niñaCe. dijo...

nos conocemos?si no es asi exijo conocerte!
precioso todo!el de arriba y el de abajo,los videos,las canciones,y encimas mencionas cosas de letas!
o.O

Route 66 dijo...

Monica: Pues así no nos pelearemos si algún día compartimos avión :)

niñaCe: No tengo el placer de conocerte (creo) pero me gusta que disfrutes las letras y la musica :) por cierto ¿que es eso de que menciono las letas?no lo entiendo :P

Mónica dijo...

Ya son dos cosas las que tenemos pendiente, café y avión.

Big.Small.Big.Small dijo...

Escribes genial, sigue asi poruqe merece la pena q te lea mucha gente.

Mónica dijo...

Y nos haces compartir buena música. Está última también es preciosa.